PAS y el equilibrio entre simpatía y antipatía
(la respiración interior de nuestras relaciones)
Aquí en España ha empezado el otoño, al mismo tiempo que para muchos de vosotros está empezando la primavera. Dos fuerzas opuestas, dos movimientos contrarios que, entre los dos, forman la respiración de la Tierra.
El hemisferio sur empieza a exhalar, mientras que aquí, en el norte, comienza el proceso de la inhalación.
Colores que se apagan después de una última llama al sol, perfumes vitales frente a perfumes de tierra.
Ganas de salir, por un lado; ganas de recogerse y estar más con uno mismo, por el otro.
Os invito a cerrar los ojos, aunque sea por un minuto, para intentar imaginar eso: colocaros en el otro hemisferio y “experimentar” lo que pasa allí desde el lugar donde ahora os encontráis.
La Tierra —un ser tan vivo como nosotros mismos— respira con nosotros.
Simpatía y antipatía: exhalar e inhalar
Esta imagen de los opuestos me lleva a un tema que podríamos llamar simpatía y antipatía, algo que también se puede vivir como exhalar e inhalar.
Cuando estamos en la simpatía, nos abrimos hacia afuera: exhalamos. Buscamos conectar con una persona, con un grupo, con una idea. Hay afinidad, alegría y un sentimiento profundo de unión. Todo está bien: nos entendemos.
Cuando sentimos antipatía, el movimiento es el contrario. Inhalamos. Nos recogemos, nos separamos porque no nos sentimos afines o comprendidos. Calor y frío. Compartir y separar.
Y así como el otoño no puede existir sin su polo opuesto, la primavera, nosotros tampoco podemos vivir sin este movimiento entre simpatía y antipatía.
“Ah… esa persona me encanta, es maravillosa. Me siento tan rica y afortunada cuando estoy con ella.”
“¿Este? Es insoportable. Tiene un ego como un castillo. Siempre quiere salirse con la suya. Le odio.”
Y como la primavera y el otoño, estos estados no suelen durar. Lo que empieza como una simpatía extrema puede transformarse rápidamente en su opuesto. Lo que parecía un paraíso puede, en cuestión de minutos, volverse un desierto de conflictos y discordia.
Lo que proyectamos en el otro
¿Y si esa simpatía o antipatía no tuvieran tanto que ver con la otra persona, sino con nosotros mismos?
Quizás no es el otro quien es simpático o antipático, sino que lo percibimos así porque, en ese momento, satisface (o no) una necesidad nuestra.
Mientras nuestras necesidades emocionales, espirituales o físicas están cubiertas, nos sentimos bien.
Mientras nuestras expectativas se cumplen, nos sentimos queridos, aceptados y seguros.
Pero cuando surge la antipatía, solemos culpar al otro, apartarlo de nuestra vida (si podemos). Y así logramos volver a sentirnos bien… al menos momentáneamente, porque “el malo es el otro”.
Pero… ¿realmente es así?
Una oportunidad para conocernos mejor
¿Qué pasaría si, en lugar de juzgar al otro, observáramos qué necesidad nuestra se activa o se frustra en esa interacción?
En lugar de limitarnos a sentirnos bien o mal, podríamos descubrir una magnífica oportunidad de autoconocimiento.
Si logramos entender por qué las personas nos afectan de determinada manera —tanto positiva como negativa—, aprenderemos mucho sobre nosotros mismos: sobre lo que nos mueve, lo que buscamos, lo que dominamos y lo que aún nos falta por aprender.
Todos queremos crecer, desarrollarnos y alcanzar ese equilibrio interior que nace de lo que somos, no de lo que el otro nos da o nos quita.
Una relación “simpática” puede elevarnos al séptimo cielo, pero en pocos minutos puede volverse una fuente de conflicto que nos hunde y desmotiva. Ninguna de las dos es completamente real. Ambas son reflejos de nuestras proyecciones interiores.
Hacia la autenticidad y el amor sin juicio
El fin de experimentar conscientemente estas fuerzas —la simpatía y la antipatía— no es otro que llegar a conocernos mejor a nosotros mismos.
Solo así podemos soltar las dependencias emocionales y acoger al otro sin juicio ni prejuicio, desde el amor incondicional.
Y así como la Tierra respira en su ritmo de estaciones, también nosotros aprendemos a respirar entre la simpatía que nos une y la antipatía que nos invita al recogimiento.
Ambas son necesarias, ambas nos enseñan.
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