Ser PAS y merecer respeto, felicidad y tiempo libre
Hay una frase, una expresión, que últimamente se escucha mucho y es más que probable que tú, lector o lectora, no solo la hayas dicho a ti mismo/a, sino que también te la hayan dicho:
“Me merezco…” o “Te mereces.”
Es una frase que aparece a menudo en las sesiones de coaching con mis clientes, pero también en artículos, láminas inspiradoras y conversaciones en redes sociales.
Los primeros “me lo merezco”
Personalmente, esta frase me resuena desde mi infancia. Me doy cuenta de que tuve suerte con mis padres: después de cumplir una tarea, me decían que me había ganado un beso, un caramelo o —excepcionalmente— un helado, “porque me lo merecía”.
Recuerdo hacer cosas para recibir esos “premios”, algo que, siendo niña PAS, es bastante común. Sé que muchos niños crecen sin la valoración de sus progenitores, y en este sentido me considero afortunada.
Recibir un comentario y un premio de este tipo te hace sentir bien y valorado. En todo caso, estoy hablando de lo que otra persona cree que me merezco (una valoración externa), y no de algo que yo creía que me correspondía por derecho propio.
Volviendo atrás, recuerdo cierta tensión, cierto anhelo por saber qué premio me tocaría o cómo sería valorada según mis acciones. No recuerdo pensamientos del tipo “me merezco…”, simplemente porque no sabía cómo mis actos serían percibidos por mis padres o profesores.
¿Quién decide lo que mereces?
Hoy, te confieso que ese “me lo merezco” me suena un poco raro, según el contexto.
A ver si me explico.
¿Quién decide qué es lo que supuestamente te mereces? ¿Y cómo lo valora?
Por ejemplo, noto una sensación extraña cuando veo publicidad que intenta convencerme de que “me merezco un viaje, un lavavajillas o una tarde en un spa”.
¿En qué se basa esa gente para afirmar algo así? ¿Qué saben realmente de mí?
Expectativas y recompensas
A veces haces algo sin expectativas. Lo haces desde la libertad, sin esperar nada a cambio, y eso hace que cualquier “recompensa” directa —si es que la hay— incluso te resulte un poco incómoda.
Casi podrías decir que la mejor recompensa no es algo personal, sino ver que alguien avanza en su vida gracias a algo que tú hiciste sin buscar reconocimiento.
En este sentido pienso en los maestros que enseñan desde la vocación y siembran semillas de futuro en los corazones de sus alumnos. Hacen las cosas por hacerlas, y punto. No se les pasa por la cabeza algo como: “…y por esto me lo merezco.”
Otra cosa es cuando haces algo que consideras positivo y que te ha costado tiempo y energía. En ese caso, tal vez sientas que mereces algo a cambio: un reconocimiento verbal (“¡muchas gracias por tu ayuda!”), un ramo de flores o incluso una cantidad de dinero.
Los primeros dos surgen de una reacción espontánea, mientras que un pago económico suele ser fruto de un contrato. Todo está bien mientras sientas equilibrio entre lo dado y lo recibido. Pero para llegar a esa satisfacción, ya había una expectativa sobre la “recompensa merecida”.
Cuando no llega el reconocimiento
Imagina que has hecho algo por otra persona o por la sociedad, y nadie te dice nada, nadie lo valora y no hay premio alguno.
Ese es el momento en que, con indignación, piensas:
“Con todo ese esfuerzo… ¡y ni mu! ¡Nada! ¡Merezco un poco de respeto, merezco que reconozcan todo lo que he hecho!”
O algo similar: tu pareja te deja después de tres años en los que diste todo de ti para hacerla feliz.
“¡No hay derecho! ¡No me merezco esto! ¡Me he sacrificado tanto, me merezco ser feliz!”
El punto de partida importa
Y es precisamente en esas situaciones donde ese “me merezco” me chirría.
Me chirría porque, tal como lo veo, el punto de partida no es el correcto.
Si haces algo por otra persona, lo haces —se supone— libremente y desde el amor, porque eres un ser social y te gusta ayudar, no porque esperes algo a cambio.
Mientras no exista un contrato que estipule obligaciones, esperar algo a cambio no es justo.
Si no hay acuerdo previo, no es correcto esperar una recompensa, y menos aún si la otra persona ni siquiera conoce tus expectativas.
Cuando esperas algo que no llega, te sientes mal, utilizado, víctima… pero en realidad tú mismo te has colocado en esa situación al tener expectativas que ni siquiera eran realistas.
¿Te acuerdas del triángulo de Karpman?
Empiezas como Salvador y acabas como Víctima o Acusador.
Entonces, ¿qué es lo que realmente te mereces?
Lo que de verdad te mereces
En situaciones así, cuando tu supuesto premio depende de otros, lo único que te mereces es ser honesto contigo mismo.
Y no solo te lo mereces: te lo debes.
Ser honesto contigo te hace responsable de tus acciones, emociones y pensamientos.
Recuerda: como persona adulta, la única persona responsable de tu bienestar emocional eres tú.
No tu pareja, ni tus padres, ni tus hermanos, ni tus amigos. Solo tú.
¿Crees que mereces ser feliz? ¡Por supuesto que sí!
Pero nunca como resultado de un premio otorgado por otros.
Cambiar el chip
Tal vez te cueste creerlo. Si es así, te invito a cambiar el chip y preguntarte qué es eso que sí te mereces.
Volvamos al primer ejemplo: has hecho algo por otros y nadie te lo reconoce. No pasa nada.
Reflexiona sobre lo que hiciste y sobre el resultado de tus acciones.
Puedes estar orgulloso de tu entrega y empatía.
Y, si quieres, date tú mismo un respiro: un helado, un paseo, un libro nuevo… lo que te apetezca y que provenga de ti.
Cuando el amor no basta
En el segundo ejemplo, tu pareja te deja tras tres años en los que diste todo de ti.
Sí, te mereces ser feliz, pero no será ella quien te haga sentir bien contigo mismo ni con la vida.
Eso depende de ti, de cómo te colocas emocionalmente ante la pérdida.
Quizás te entregaste tanto que dejaste de ser tú para hacerla feliz.
Es posible incluso que ella se sintiera agobiada por tanta atención.
No hay culpa. Tú te sacrificaste libremente, porque querías hacerlo.
Y eso está bien.
Sí, mereces ser feliz, como todos, pero no puedes responsabilizar a otra persona de que tú no lo seas.
Lo que todos merecemos
Todos merecemos, al menos, las necesidades básicas: techo, descanso, cariño, seguridad, comida, amistad, dignidad y respeto.
¿Todo el mundo lo tiene? Claro que no.
Hay colectivos que ni siquiera tienen techo, y en muchos casos eso no depende de ellos, sino de la humanidad en su conjunto —de la que tú, yo y ellos también formamos parte.
Por eso, el tema se complica.
Y hasta podríamos pensar que hay algo más grande que nosotros mismos, más allá del ego, que determina el curso de la evolución humana.
Aun así, vale la pena seguir ayudando y contribuyendo, cada uno a su manera y sin esperar nada a cambio.
Porque todos somos responsables, y todos nos “merecemos” una sociedad humana y un planeta sano.
Y lo digo desde un lugar que nada tiene que ver con el ego, ese que, cuando no se cumplen sus expectativas, puede sentirse herido, no valorado e… infeliz.
Artículos relacionados:
La sensibilidad, lejos de limitarte, te puede proporcionar las alas que te permiten vivir tu vida plenamente.
Si quieres saber todo sobre el rasgo para poder descubrir de que manera se manifiesta en tu ser, si buscas herramientas, ideas y consejos, te recomiendo mi libro: Personas altamente sensibles.
Recomendado por Elaine Aron:
«Este libro es científicamente correcto a la vez que fácil de leer, y proporciona una introducción detallada del rasgo de la alta sensibilidad. Presenta tanto explicaciones claras como sugerencia fáciles de poner en práctica para prosperar en un mundo menos sensible. Si eres altamente sensible y desconoces el rasgo, este libro cambiará tu vida». Elaine Aron
Para ver mis otras publicaciones puedes pinchar en MIS LIBROS.
foto: Katya Austin (Unsplash).
5 Comments
Leave a Comment
Raquel Maria
Acabo de descubrir que soy una persona PAS, y cuanto me hubiera gustado saber esto muchísimo tiempo atrás, me hubiera comprendido mejor, sin ser tan dura conmigo misma. Mi autoestima no hubiera sufrido tanto y probablemente no hubiera tomado algunas malas decisiones en mi vida.
Karina Zegers de Beijl
Hola Raquel María, Gracias por tu feedback. Personalmente creo que lo descubrimos en el momento adecuado de nuestro recorrido vital. Yo lo descubrí con 52 y significó un cambio de 180º en mi vida, un cambio que antes, por mis circunstancias personales, no pudiera haber dado. Te deseo que tu descubrimiento aporte mucha clarificación y compasión. Un abrazo.
M.Pilar
Muy agradecida Karina,
Quiero saber si la Flores de Bach , las Sales de Schüssler y otra terapias naturales, son indicadas para mitigar los estados emocionales, incapacitantes, para la vida del día a día de una persona PAS.
Siempre serán mejor estas y otras terapias alternativas naturales que los tratamientos farmacológicos, con peligrosos efectos secundarios…!!
Muchas gracias por la atención
Karina Zegers de Beijl
Hola Pilar,
Gracias por tu feedback/pregunta. La mayoría de las PAS es muy sensible a cualquier sustancia. En cuanto a fármacos alopáticos les suele ir mejor una dosis más pequeña de la que normalmente recetada. Personalmente creo que la homeopatía es ideal para personas sensibles ya que su manera de funcionar es muy diferente; la primera suprime, la segunda sana. Evidentemente siempre es una elección personal (conozco a PAS con una opinión muy negativa sobre la homeopatía), pero como me lo hayas preguntado a mi, sí, efectivamente, creo que un camino preferible. Sales de Schlüssler, la medicina antroposófica, sí, totalmente de acuerdo. Y personalmente he tenido también muy buenas experiencias con las Flores. Un abrazo.
Ana Maria
Muchas gracias por todo lo dicho aquí. No había incursionado de esta manera en la hipersensibilidad a pesar de tener un diagnóstico de encefalograma de » hiprrsensibilidad».
Muy interesante. Voy a seguir en el tema.