PAS y la dificultad de decidir: entre la duda y el corazón
“Nuestras dudas son traidoras, y por ellas —y por miedo de intentar algo nuevo o diferente— perdemos el bien que con frecuencia pudimos ganar.”
William Shakespeare
El laberinto de la duda
Una de las cosas que más cuesta a muchas personas altamente sensibles es tomar una decisión. Existe una tendencia a quedarse dando vueltas, analizando, valorando, buscando señales… y, mientras tanto, el tiempo pasa.
La duda se convierte en una especie de refugio. Desde allí nos decimos que todavía no es el momento, que “aún falta algo para estar seguros”, o que “ya veremos qué pasa”. Pero en el fondo sabemos que quedarse en la duda también es una decisión, una forma de protegernos del miedo a equivocarnos, al dolor o al juicio de los demás.
Tomar una decisión no suele ser un impulso repentino, sino el penúltimo paso de un proceso que implica reflexión, emociones, intuición, y, en muchos casos, una profunda lucha interior.
El último paso, claro, es la acción: la implementación. Pero llegar hasta allí, para un PAS, puede parecer escalar una montaña con el corazón abierto.
Cuando el corazón sabe, pero la mente se resiste
Imagina que llevas tiempo sintiendo que algo en tu vida no está bien: una relación que se ha vuelto tensa, un trabajo que ya no te nutre, un entorno que te asfixia.
Empiezas a notar dentro de ti una inquietud suave pero constante, una voz que te susurra que algo debe cambiar. Esa voz es tu intuición, pero en cuanto la escuchas, aparece otra —más racional y temerosa— que te dice:
“No exageres. No es tan grave. Puedes aguantar un poco más.”
Y así, entre ambas voces, pasan los días. Intentas hablar con la otra persona, o mejorar la situación. Te esfuerzas, explicas, razonas, esperas. Pero nada cambia.
Llega un punto en que sabes, muy dentro de ti, que el ciclo está cumplido. Que seguir así solo te desgasta. Sin embargo, el miedo al cambio te paraliza. Te da pena la otra persona, te aterra el vacío, te asusta lo que dirán los demás.
Entonces, la duda se instala: no como una pregunta abierta, sino como una forma de anestesia.
La trampa emocional del “no hacer daño”
Las personas altamente sensibles solemos tener un gran sentido de la responsabilidad afectiva. No queremos herir, ni decepcionar, ni parecer egoístas. Pero esa misma sensibilidad puede volverse en nuestra contra cuando olvidamos que también nosotros formamos parte del vínculo.
No querer hacer daño al otro no puede significar hacérnoslo a nosotros mismos. El sacrificio continuo no es amor, es miedo.
Y a veces, aunque no lo parezca, poner un punto final también es un acto de amor, porque libera a ambos.
Puede que el otro tenga miedo, que se resista al cambio, o que incluso nos culpe por nuestra decisión. Pero si esa decisión nace del respeto y de la verdad interior, el tiempo la pondrá en su lugar.
El miedo al cambio y la ilusión de control
A las personas altamente sensibles los cambios nos asustan porque nos obligan a soltar estructuras que nos daban seguridad. Y la seguridad, para nosotros, tiene un valor enorme.
Sabemos adaptarnos, leer entre líneas, sostener. Pero no siempre sabemos dejar ir.
El problema es que lo que se sostiene sin vida acaba pesando, y lo que pesa demasiado termina agotando el alma.
El miedo al cambio tiene mil voces:
“Y si me equivoco…”
“Y si luego me arrepiento…”
“Y si no encuentro nada mejor…”
Pero todas ellas son, en el fondo, expresiones del mismo temor: el miedo a no confiar en uno mismo.
A veces, el dolor de quedarse en un lugar sin sentido es más fácil de soportar que la incertidumbre de lo desconocido. Pero en algún momento, algo en nosotros empieza a despertar y a decir:
“Ya no quiero sobrevivir. Quiero vivir.”
Ese es el momento en que la decisión empieza a tomar forma. Todavía no se ha expresado, pero ya está naciendo.
De la duda a la claridad
Cuando te encuentres en una encrucijada, puedes intentar hacerte algunas preguntas que aporten luz:
- ¿Qué parte de mí está dudando, y qué parte ya sabe la respuesta?
- ¿Qué estoy ganando al quedarme como estoy?
- ¿Qué temo perder si avanzo?
- ¿Qué me está pidiendo mi cuerpo, mi corazón, mi alma?
Si te tomas el tiempo de escucharte con honestidad, sin exigencia, sin forzar la respuesta, poco a poco la niebla de la duda se disipa. Decidir no siempre significa romper. A veces significa reafirmarte, poner límites, reordenar tus prioridades o atreverte a cambiar de rumbo. Lo importante es que la decisión nazca de un lugar de paz, no de miedo.
Decidir como acto de amor
El ejemplo de la relación de pareja puede aplicarse a cualquier situación vital: un trabajo, un grupo, una etapa. Hay ciclos que simplemente terminan, y resistirse a ello solo prolonga el dolor.
Tomar una decisión, aunque duela, es un gesto de madurez y amor propio. Es dejar de esperar que otros cambien para empezar tú a transformar tu camino.
Decidir es recuperar el timón, asumir tu poder y confiar en la vida. Y cada vez que lo haces, creces. Porque decidir no es solo elegir: es elegirte a ti.
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