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Los equinoccios y el rasgo de la Alta Sensibilidad

El punto de equilibrio en el alma

Aquí, en el hemisferio norte, entramos en la primavera. Al mismo tiempo, para muchas personas altamente sensibles que viven en el hemisferio sur comienza el otoño. Dos movimientos opuestos que, en realidad, forman parte de un mismo gesto: la respiración de la Tierra.

Rudolf Steiner hablaba del año como de un gran proceso rítmico, un ir y venir de fuerzas que no solo afectan a la naturaleza, sino también al ser humano. No estamos separados de ese ritmo. Vivimos dentro de él.

Me gusta pensar en ello de vez en cuando. Imaginar cómo, al mismo tiempo que aquí la luz comienza a imponerse, allí empieza a retirarse. Cómo unos se abren y otros se recogen. Y cómo, en ese gran organismo vivo que es la Tierra, todo encuentra su equilibrio.

Un instante de equilibrio vivo

El equinoccio nos sitúa en un punto muy especial: el día y la noche duran lo mismo. La luz y la oscuridad están en equilibrio. Sin embargo, no es un equilibrio estático. Es un instante vivo, dinámico, un umbral. Steiner describía estos momentos como puntos de transición en los que dos corrientes opuestas —expansión y contracción, exteriorización e interiorización— se encuentran. Y cuando esto ocurre fuera, también ocurre dentro.

Para una persona altamente sensible, este tipo de momentos puede vivirse como una sensación sutil pero clara: estar entre dos estados. Ni completamente hacia fuera, ni del todo hacia dentro. Como si algo en nosotros supiera que estamos cruzando un límite invisible.

Cuando la luz supera a la oscuridad: la cualidad de la Pascua

Si miramos este equinoccio —asociado a la Pascua y la cruz— vemos cómo, a partir de este punto de equilibrio en el que el día y la noche son iguales, la luz comienza a superar a la oscuridad. La claridad va ganando terreno. Los días, que ya venían creciendo desde Navidad, ahora se imponen con más fuerza. La naturaleza despierta y todo empuja suavemente hacia fuera. Es un periodo con un impulso de renovación, de resurgir, de vida que asciende. De resurrección, si quieres. Es un movimiento que invita al ser humano a abrirse, a salir, a participar.

Para una persona altamente sensible, esto puede sentirse con especial intensidad. Hay más estímulo, más impresiones, más actividad. El mundo se vuelve más luminoso… y también más presente. Y ahí aparece una vivencia muy típica: el deseo de abrirse y, al mismo tiempo, la necesidad de dosificarse. Porque más luz no siempre significa más calma. A veces significa más impacto y más estímulos. Es por esto que muchas PAS, aunque aman la primavera, necesitan encontrar su propio ritmo dentro de ese movimiento expansivo.

Cuando la luz se retira: la cualidad de San Miguel

Al mismo tiempo, en el hemisferio sur, ocurre el movimiento complementario.

A partir de su equinoccio, las horas de luz comienzan a ceder terreno a las horas en las que el sol permanece bajo el horizonte. La naturaleza inicia su recogimiento, despidiéndose con frutas de todo tipo: la culminación de los procesos de la luz en el ámbito vegetal.

En la tradición centroeuropea, este tiempo está vinculado a la festividad de San Miguel -con sus escalas-, que Steiner interpretaba como una imagen de fuerza interior, de conciencia despierta frente a la oscuridad creciente. No se trata de una retirada pasiva, sino de un fortalecerse desde dentro.

Para las personas altamente sensibles que viven este proceso —ya sea por estación o por resonancia interior—, puede sentirse como un alivio. Menos estímulo externo, más espacio para sí. Pero también puede ser vivido como una invitación a mirar hacia dentro, a encontrarse con aquello que no siempre resulta cómodo.

Una reflexión personal me lleva a la comparación entre cruz y escalas. Ambas representan un equilibrio, ambas tienen un eje vertical y un eje horizontal. Si te apetece te recomiendo esta imagen como punto de partida para una meditación. 

Simpatía y antipatía: la respiración del alma

Podemos entender la vida anímica como un constante movimiento entre simpatía y antipatía. La simpatía nos lleva hacia el mundo (verano y calor). Nos abre, nos conecta, nos une. La antipatía nos recoge (invierno y frío). Nos separa, nos delimita, nos protege.

No son fuerzas “buenas” o “malas”. Son necesarias ambas. Como inhalar y exhalar. Para una persona altamente sensible, este movimiento puede ser especialmente evidente. Percibimos mucho, sentimos rápido y, a menudo, reaccionamos con inmediatez y con cierta reactividad. Algo nos atrae profundamente… o algo nos genera rechazo casi instantáneo. Es el equinoccio, con su cualidad de equilibrio, que nos invita a observar ese movimiento sin identificarnos completamente con él. A permanecer, aunque sea un instante más, en ese punto intermedio.

El espacio entre estímulo y respuesta

Vivimos en un mundo lleno de estímulos, y las PAS lo sabemos bien.

Pero entre lo que percibimos y cómo reaccionamos existe un pequeño espacio. A veces casi imperceptible, pero muy real. En ese espacio vive la posibilidad de la conciencia. El equinoccio, como imagen viva del equilibrio, puede ayudarnos a recordar ese lugar.

No reaccionar de inmediato. No cerrar ni abrir demasiado rápido. Darnos un momento más. Y en ese momento, algo cambia. La percepción se vuelve más amplia. La reacción se suaviza. Y aparece una forma más profunda de comprensión.

Encontrar el propio equilibrio

Quizá el mayor regalo de estos momentos del año sea este: recordarnos que el equilibrio no es algo fijo, sino un movimiento. No se trata de estar siempre abiertos ni siempre recogidos. Ni de sentir solo simpatía o solo antipatía. Se trata de aprender a habitar ambos polos sin perdernos en ninguno.

Para una persona altamente sensible, este es un aprendizaje esencial. Escuchar cuándo abrirse. Sentir cuándo recogerse. Y, poco a poco, confiar en ese ritmo interno que también forma parte del gran ritmo de la Tierra.

Una invitación

Tal vez, en estos días cercanos al equinoccio, puedas detenerte un momento.

Salir a caminar. Sentir la luz. Notar el aire. Percibir cómo algo en la naturaleza está cambiando… y cómo algo en ti también lo está haciendo. Sin necesidad de entenderlo del todo. Solo acompañarlo. Observarlo.

Porque, igual que la Tierra encuentra su equilibrio entre la luz y la oscuridad, tú también —a tu manera— sabes encontrar el tuyo. Un equilibrio vivo, sensible, profundamente humano.

 

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Imagen: Photo by Piret Ilver on Unsplash

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