Niños PAS y Halloween
Sobre la inocencia y el miedo de un niño con alta sensibilidad
“¿Este pozo es uno de los que cumplen deseos?”
Miquel acompañó a su padre, que había venido para ayudarme a arreglar una avería de la luz. El chico, nada más salir del coche, vino corriendo hacia mí, ofreciéndome su mejilla con un entusiasmo que me sorprendió porque, realmente, no me conocía. Y, acto seguido, descubrió el pozo.
Sus grandes ojos morenos empezaron a brillar. Se acercó lentamente, como dudando de algo. Dio unas vueltas alrededor de él y me pidió que levantara la pesada tapa de metal para poder mirar adentro. Su altura de niño de seis años apenas le bastaba para verse reflejado en el agua de la profundidad.
Tardó largos segundos antes de hacerme esa pregunta que parecía arderle en el alma:
“¿Este pozo es uno de los que cumplen deseos?”
Conseguí camuflar mi sorpresa. Me sentí profundamente conmovida ante esta expresión de inocencia, ante esa fe pura en algo mucho más grande que la voluntad humana.
“Sí, claro que sí,” le contesté, “es un pozo mágico, pero te aviso: los deseos no siempre se cumplen.”
Miquel se puso muy serio y reflexivo antes de verbalizar su deseo ardiente:
“Deseo que me inviten siempre a todos los cumpleaños. Siempre. Siempre.”
Creo que casi todos conocemos ese dolor por haber sido excluido, un dolor bastante frecuente en las PAS, en niños con el rasgo de la alta sensibilidad, por ser un poco diferentes y no encajar del todo. Evidentemente también les pasará a otros niños –y adultos– que, por la razón que sea, no son aceptados porque no entran en el molde general.
Halloween
Después de que Miquel me contara que todos sus compañeros de clase, incluso su mejor amigo, habían sido invitados a una fiesta de cumpleaños con pernoctación en un albergue en la montaña, y pudo hablar de su herida, me confesó otra preocupación relacionada con Halloween.
Me preguntó si el pozo admitía dos deseos. Le contesté que no lo tenía muy claro, pero que por probar no se perdía nada aunque, como ya le había dicho, el pozo —por muy mágico que fuera— no siempre cumple los deseos. Miquel asintió con la cabeza. Lo entendía perfectamente.
Volvimos al pozo. Levanté la tapa y el chico se asomó. Vi que le costaba formular la pregunta y le ofrecí ayudarle.
“Tengo miedo”, confesó. “Con la muerte no se juega. La muerte se respeta, y no está bien burlarse de ella. No me gusta esta fiesta. No es una fiesta. Mis compañeros se ríen de los chistes, pero yo me asusto. Sé que se ríen porque en realidad están nerviosos; sus risas no son risas de verdad. Y tampoco quiero disfrazarme con trajes que huelen mal y que son feos. Odio a los vampiros, y un esqueleto para mí no tiene nada divertido. Lo que quiero es quedarme tranquilamente en casa, tocar el violín y mirar la foto de mis abuelos que ya no viven.”
“¿Los echas de menos?”, le pregunté.
“Mucho. Y no quiero reírme de ellos.”
Le dije que le entendía, que tampoco era fan de Halloween y que tampoco le veía la gracia. Le expliqué que ni siquiera es una fiesta española, sino una actividad que viene de otros países y que aquí, en nuestro país, culturalmente no encaja.
Me cogió la mano y soltó un suspiro profundo.
“¿Mi padre lo sabe?”
“No lo sé, Miquel, pero se lo puedo decir, si quieres.” Su sonrisa casi me deslumbraba.
“¿Y también lo puedo pedir al pozo?”
Asentí con la cabeza, y él se inclinó sobre el borde del pozo.
“Deseo que nunca, nunca me obliguen a celebrar Halloween. Odio Halloween. No quiero disfrazarme. No quiero pedir caramelos. ¡Quiero quedarme en casa!”
Os confieso que me sentí muy identificada con este niño, tanto con su dolor por ser excluido de una fiesta de cumpleaños como por sus sentimientos hacia Halloween. Pero lo que más me llegó fue su manera de confiar en el pozo: esa inocencia pura, esa fe ciega, su vulnerabilidad y su capacidad de expresar tanto su dolor como su necesidad de quedarse tranquilamente en casa para no participar en una fiesta que no le gusta.
Me pareció tan bello… su manera de ser, su mirada, su honestidad. Y es un hecho: hay muchos niños —PAS y no-PAS— que no quieren participar en las actividades de Halloween, que no se quieren disfrazar y que no soportan todo este montaje (comercial) alrededor de los difuntos. De hecho, creo que en este aspecto sigo siendo bastante niña.
Tanto la niña PAS que aún vive en mí como el adulto que soy pedimos a los padres y educadores de todos los niños, y especialmente de los niños con alta sensibilidad, que no les obliguen a disfrazarse ni a participar en esta “fiesta” si ellos no quieren.
Muchas veces no es solo aversión a los trajes feos, baratos o malolientes. Para muchos niños existe algo más profundo: una relación muy especial con la muerte, llena de respeto, que les hace sentir que burlarse de ella (desde el miedo) no es algo benéfico para el alma.
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Imagen: Karina Zegers de Beijl
4 Comments
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Cristina Francés
Me he sentido totalmente identificada con esta historia de este inocente niño. No me gusta Halloween y no lo he celebrado nunca. Prefiero quedarme en casa con un buen libro o con mi pintura que salir disfrazada en esta fiesta importada de EEUU.
Gracias por esta historia contada desde el corazón.
Karina Zegers de Beijl
Hola Cristina, muchas gracias por tu mensaje. Creo que somos muchos que lo sentimos así. El hecho de que hasta los niños lo experimentan de esta manera, me da hasta esperanza. Un gran abrazo!
Irene
Que bello momento el de esa conversación .. bello el niño pudiendo decir y bella tu en la escucha
Muchas gracias por compartirlo me ha acercado también a mi niña PAS de 6 años, comparto el sentimiento de respeto por la muerte y el disgusto por los disfraces feos .. habiendo tanta belleza en este mundo ..
Mucho más lindo para mi el violín y la paz de casa .. eso no nos hace aburridos ni aguafiestas solo nos gustan cosas distintas ❤️
Karina Zegers de Beijl
Hola Irene, muchas gracias por tu feedback, por tus palabras. Raras veces me emociono al escribir algo, pero esta experiencia fue tan bonita y tan especial, que me impacto como un gran regalo para el corazón. Un abrazo grande!