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PAS, empatía e hiperempatía

La empatía: un don profundamente humano

Hace poco, a raíz de una conversación con una persona que me preguntó sobre su manera de vivir la empatía, decidí volver a investigar sobre este tema. La ciencia avanza, y cada vez disponemos de más estudios que explican cómo sentimos, cómo interactuamos con los demás y qué papel juega la empatía en las personas altamente sensibles (PAS).

Seguramente ya conoces los cuatro pilares que definen el rasgo de la alta sensibilidad. El tercero de ellos se refiere precisamente a la emotividad y la empatía, dos aspectos que nos distinguen de manera especial.
Sí, las PAS tenemos una gran capacidad empática: esa habilidad natural de ponernos en el lugar del otro, reconociendo sus emociones, sus necesidades y su estado interior.

Elaine Aron, en su libro El don de la alta sensibilidad, describe esta empatía elevada como un talento profundamente humano, una forma de conectar con el sufrimiento ajeno —ya sea de una persona o de un animal— desde una comprensión emocional profunda. Este tipo de empatía puede incluso abrirnos el camino hacia la compasión, esa emoción madura que surge cuando sentimos con el otro, pero sin perdernos en su dolor.

Una persona altamente sensible puede percibir el sufrimiento ajeno y conmoverse por él, pero también reconocer que esa emoción no le pertenece. Sabe —al menos en equilibrio— que puede acompañar sin absorber.

La mirada científica: empatía y cerebro sensible

La investigadora Bianca Acevedo, en su libro The Highly Sensitive Brain, explica los resultados de estudios con neuroimagen (resonancia magnética funcional) que demuestran algo fascinante:
Las personas con alta sensibilidad presentan una mayor activación en las regiones cerebrales relacionadas con la empatía y la conciencia social, especialmente en las áreas donde actúan las llamadas neuronas espejo.

Estas neuronas son las que nos permiten “sentir” lo que siente el otro, comprender desde dentro sus gestos, su tono, su emoción.
Esto explica por qué las PAS reaccionamos con tanta intensidad ante lo emocional: nuestro cerebro está literalmente diseñado para resonar con los demás.

Cuando la empatía se desborda: la hiperempatía

Hasta aquí, todo es maravilloso. Pero las cosas pueden complicarse cuando la empatía se vuelve demasiado intensa.
A veces, esa capacidad de sentir se dispara hasta niveles que comienzan a doler. La mayoría de las personas altamente sensibles somos muy empáticas, sí, pero no todas desarrollan una empatía extrema, esa que suele conocerse como hiperempatía.

La hiperempatía implica una sobrecarga emocional fruto de una empatía “exagerada” hacia los demás. La persona no solo comprende el dolor ajeno: lo absorbe y lo vive como propio.
Cuando esto ocurre, el bienestar personal empieza a verse afectado.

Mientras que una empatía equilibrada permite comprender sin confundirse, la hiperempatía borra los límites entre el yo y el otro. Las emociones ajenas invaden, saturan y, en consecuencia, generan estrés emocional, agotamiento, ansiedad y dificultad para poner límites saludables.

La línea sutil entre empatía sana y sufrimiento

Hemos visto que una empatía intensa pero saludable forma parte del rasgo PAS. Es una de nuestras mayores fortalezas.
Sin embargo, la hiperempatía no lo es: es una disfunción que puede tener raíces más profundas.

Muchas personas altamente sensibles que desarrollan hiperempatía han vivido experiencias difíciles o traumáticas. En especial durante la infancia, el trauma puede dejar una huella que potencia la necesidad de “leer” constantemente el estado emocional del entorno.

Quien ha sufrido abuso, negligencia o maltrato emocional aprende a vigilar las emociones de los demás para anticiparse al peligro. Es un mecanismo de supervivencia que, más adelante, puede transformarse en una sensibilidad extrema ante el sufrimiento ajeno.

No hace falta ser PAS para haber vivido trauma, por supuesto. Pero las personas altamente sensibles, por su misma profundidad emocional y empatía natural, tienen un mayor riesgo de sobrecarga emocional si se encuentran en ambientes abusivos o agresivos.

Así, la línea entre una empatía intensa y una empatía no saludable puede ser muy fina.

Cuando sentir demasiado duele

Si notas que la emoción ajena te invade con frecuencia, que absorbes el malestar de otros hasta agotarte o que tu empatía te impide mantener tu propio equilibrio, quizá estés sobrepasando ese límite.

Cuando la empatía te impide ser dueña o dueño de tu propio Ser, cuando el dolor de los demás te genera ansiedad, estrés o bloqueo emocional, es importante buscar ayuda.
La buena noticia es que se puede recuperar el equilibrio: hay profesionales especializados que trabajan con técnicas eficaces, como la terapia EMDR, enfocada en el tratamiento del trauma y el estrés postraumático (TPT o TEPT).

Pedir ayuda no es debilidad, es responsabilidad hacia ti y hacia tu bienestar emocional.

En conclusión

La empatía es un don precioso y una de las bases de la alta sensibilidad.
Bien vivida, nos conecta, nos humaniza y nos invita a actuar desde la compasión.
Pero cuando esa empatía se convierte en sobrecarga, puede dejar de ser puente para transformarse en peso.

El reto está en mantener el equilibrio entre sentir y conservar la propia identidad.
Y cuando ese equilibrio se pierde, recordar que pedir apoyo es también una forma de cuidarse… y de volver a amar la sensibilidad como lo que realmente es: un regalo evolutivo y profundamente humano.

 

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